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Virgen del Prado

NOTAS HISTORICAS ALREDEDOR DE LA IMAGEN DE LA SANTISIMA

VIRGEN DEL PRADO

Por Hermenegildo Gómez Moreno

Feliz hallazgo de la Santa Imagen de Nuestra Señora en las cercanías de Velilla de Jiloca, Aragón. Reina y Soberana de los Reyes de Castilla.- Celestial Protectora de los ejércitos cristianos contra los moros.- Triunfadora y Restauradora de las dos Castillas.

Es muy interesante el historial de la Imagen de la Santísima Virgen del Prado relatado por escritores de distintas épocas. Antiguos documentos hallados en los archivos parroquiales de Santa María del Prado, Ciudad Real, y en los de Velilla de Jiloca, Aragón, testifican la veracidad de esta historia.

No se sabe que autor alguno haya tratado históricamente el origen de la venerada imagen de la Virgen del Prado, hasta bien entrado el último tercio del siglo XVI, siendo la narración más antigua la del Licenciado, don Juan de Mendoza y Porras, en su obra "Relación e Historia del Hallazgo y Aparición de Nuestra Señora Santa María del Prado". Fuente de donde han bebido la mayoría de los historiadores de nuestra Patrona, y la piedra fundamental en la que todos estriban sus escritos, firmemente documentada y fundamentada en la tradición verdadera.

Antiguos escritos confirman que la "Relación", original y firmada del mismo Mendoza, estuvo muchos años en poder de la Cofradía de Nuestra Señora y después en el archivo parroquial de Santa María del Prado hasta que la entregaron al historiador Fr. Diego de Jesús y María Fernández, natural de Ciudad Real y Prior del Convento de Carmelitas descalzos de esta Ciudad, el cual sacó una copia lujosa, que puso con su original en el citado archivo parroquial, testimoniada por el notario público apostólico don Cristóbal Roos y Sotomayor.

En el año 1650, el citado carmelita, Fr. Diego de Jesús, dio publicidad al manuscrito del licenciado Mendoza y Porras y a las tradiciones de Ciudad Real y Velilla en su documentada "Historia de la Imagen Sacratísima de Nuestra Señora del Prado", obra impresa en Madrid, en la imprenta real de Teresa Junti.

Según estos historiadores, allá por el año 1013, Mosen Ramón Floraz, caballero aragonés, gran servidor y privado del rey don Sancho el Mayor, de Navarra, al llegar a las cercanías de Velilla de Jiloca, lugar de Aragón, el caballo en donde venía, se le hundió una pata junto a una fuente en donde había llegado a beber. Queriendo Mosen Ramón ayudar a su brioso corcel, vió cómo el caballo con sus patas había dejado a descubierto un gran hueco. Extrañado el caballero, quitando con su daga las piedras de alrededor descubrió una gran cueva como edificio antiguo. Atraído por la curiosidad penetró en el subterráneo encontrándose, en un nicho en la pared, una preciosa imagen de la Virgen María, sentada a forma de matrona romana, con un Niño sobra las rodillas y con un pergamino escrito en latín antiquísimo en donde se decía qué imagen era aquella y en qué tiempo se había puesto en aquel lugar. Se trataba de la imagen de la Virgen de los Torneos que había sido soterrada, tres siglos antes, por devotos cristianos, para librarla de la invasión agarena.

Con la admiración natural por el feliz hallazgo, postrado de rodillas en fervorosa oración, nuestro afortunado caballero estuvo un buen rato sin atreverse a tomar la venerada Imagen. Repuesto, y considerando que el suceso no carecía de misterio, y movido, quizás, por una gracia celestial, determinó sacar la imagen de aquel lugar y llevarla al rey don Sancho, su señor, por considerar estaría más reverenciada en el poder del Monarca. Sacó Fioraz la santa efigie lo mejor que pudo y la puso encima de su caballo con intención de dirigirse hacia Velilla y preparar allí su viaje. El caballo se niega a caminar en esta dirección, no sirviendo de nada ni las espuelas del caballero, ni la fusta que maneja con la diestra. Ante el temor de que con el castigo se encabrite el noble animal y ocasione a la imagen algún mal, lo deja en plena libertad, y entonces, manso el corcel, conduce al caballero hacia un lugar llamado Daroca en donde manda construir una valiosa caja que sirva de estuche a tan preciada joya y poderla así transportar con más decoro y comodidad.

Grandes dificultades tiene que vencer nuestro caballero antes de llegar a Navarra. Por los caminos más recónditos atraviesa tierra de moros siempre con el temor de encontrarse en algún lance en el que pudiera perder su divino tesoro. Gracias a la protección del Cielo llega felizmente a campamento cristiano y desde allí envía a su rey un emisario con el anuncio del feliz acontecimiento.

Con mucha alegría recibe don Sancho la grata noticia y se prepara con gran regocijo el recibimiento a la Excelsa Soberana. Suceso relatado por nuestro paisano el Excmo. Sr. D. Agustín Salido y Estrada en su "Historia de Nuestra Venerada Patrona" escrita en romance, en los versos siguientes:

"A Pamplona se dirige

Mosen Ramón satisfecho

de que el cristiano Monarca

ha de recibir su encuentro,

con finas demostraciones,

y el más cariñoso afecto.

Y así fue: grandes mercedes

dióle el rey al caballero,

cuando con toda su corte

salió avisado, hacia el Ebro,

yendo a Pamplona, Navarra,

por ver tal recibimiento.

Entró en Pamplona la imagen

en hombros del alto clero,

y precedida de músicas,

y de nobles y de pueblo,

y de cruces parroquiales,

y de tropas y de concejos,

cerrando la comitiva

don Sancho empuñando el cetro.

Llegó a palacio la Virgen,

y el rey dando fin al rezo,

prosternado ante la Imagen

hízole así acatamiento:

Señora, la de mi casa

seréis desde este momento

Vos dirigiréis mis pasos

Vos me prestaréis consejo,

Vos daréis fuerza a mi Trono

y fuerzas a mis mandamientos,

y Vos, en fin, a mi espíritu

os lo llevaréis al cielo.

No saldréis de mi casa,

os lo jura el caballero:

y lo ofrecido lo mando

a mis hijos y a mis nietos".

Los reyes cristianos, al heredar la corona real y demás atributos reales de sus mayores, recibían, al mismo tiempo, la imagen santísima de la Virgen llamada entonces Nuestra Señora de los Reyes, que era venerada en los oratorios reales.

A la muerte de don Sancho hereda la santa imagen, su hilo don Fernando, primer rey castellano, quien la lleva a su corte de Burgos. Mucho debe este Monarca a la protección de la Virgen del Prado.

Cuando Alfonso VI ocupa el trono de Castilla, después de la Jura de Santa Gadea, realiza, de triunfo en triunfo, varias empresas guerreras contra los infieles, llevando consigo la venerada imagen, llamada entonces la Virgen de las Batallas.

El rey castellano, como dice Fr. Diego de Jesús, "intentó más conquistas de ciudades y reinos, no con la ambición o avaricia de añadirlos a su corona, sino con piadoso celo de volverlos a introducir a la religión cristiana, sacándolos de la tiranía de los moros". Así sucedió con la nobilísima ciudad de Toledo, empresa de las más gloriosas y célebres de aquella época.

Triunfante -- prosigue el P. Carmelita - entró el rey en Toledo con la imagen de la Virgen y sus soldados, los cuales iban haciendo amorosas salvas a la protectora de sus armas. En hombros de príncipes cristianos, en medio de los batallones victoriosos y seguida de ocho obispos, encargados de rendirle culto, entró la Stma. Virgen en la imperial ciudad del Tajo. Al cristiano Monarca le valió esta victoria el título de Conquistador y a la Soberana Señora el de Fundadora y Restauradora de las dos Castillas; glorioso homenaje bien merecido, ya que el reino de la vieja Castilla salió debajo del manto protector de esta santa imagen, y el núcleo de Castilla la Nueva, la imperial Toledo, salió también de los usurpadores, a la vista y con el reflejo celestial de la misma Señora, Santa María del Prado.

Aparición milagrosa de la Santa Imagen de la Virgen en el prado de Pozuelo Seco, hoy Ciudad Real. Interesante documento conservado en el archivo parroquial de Santa María del Prado

El rey don Alfonso VI, para vengar un ultraje de su suegro, rey de Sevilla, organiza una expedición guerrera contra la morisma y marcha con su ejército hacia Andalucía. Al llegar a Zalanca, provincia de Badajoz, el ejército cristiano es sorprendido por los almohades, sufriendo espantosa derrota las huestes de don Alfonso. Tan grande fue el desastre para los cristianos en esta batalla, que, incluso, la vida del rey estuvo en grave peligro.

Los caballeros que peleaban al lado del rey -relata Mendoza- sacaron a don Alfonso de la refriega de Badajoz muy mal herido de un lanzazo. Debilitado el Monarca por la fatiga con que saliera de los duros trances que había corrido, .v casi muerto o aletargado por el efecto de la pérdida de sangre, fue conducido a Coria, ciudad recientemente conquistada. Repuesto don Alfonso de sus heridas se propone seguir adelante, hacia la frontera de Córdoba, y entendiendo que la causa de la derrota de Zalanca fue, sin duda, el olvido que tuvo de la imagen de la Virgen Protectora, ya que en esta ocasión la había dejado en su oratorio Real en Toledo; inmediatamente ordena a su capellán Marcelo Colino vaya a la ciudad imperial, recoja la venerada imagen y la traslade al campamento cristiano.

El célebre cantor de Nuestra Soberana, el ya citado don Agustín Salido, refiriéndose a este acontecimiento, termina su tercer romance con estos versos:

"Noche fué aquella cruel

para el rey que afinojado

en su tienda con su corte

de Dios implora amparo.

Un súbito pensamiento

vino a su mente rodando,

y con acento resuelto,

y con semblante inspirado,

¡Marcelo Colino, exclama,

pronto a Toledo a caballo,

mi Virgen, venga, mi Virgen

¡Perdón, Señora, os demando,

si olvidé vuestros favores

y desprecié vuestro amparo!

Y cayendo de rodillas,

so el pecho cruzó las manos".

Es de suponer que haría el capellán la jornada con la diligencia exigida por el rey. Al llegar a Toledo, acomoda en una caja la santa imagen y con el acompañamiento de criados y caballeros vuelve hacia Córdoba en donde, deseoso e impaciente espera el Monarca.

A mediodía del día 25 de mayo, año 1088, festividad de San Urbano, llega la comitiva real a un pequeño caserío, llamado Pozuelo Seco, término de Alarcos, situado en el camino que une la ciudad del Tajo con Andalucía. El calor sofocante, la sombra 3e las encinas de un prado próximo y el cansancio de los viajeros, obliga a Marcelo Colino y compañía a tomarse un pequeño descanso y pasar allí las horas calurosas del día.

¡Qué suavemente dispone Dios las cosas rara que se ejerciten los decretos de su Divina Providencia! Quería, Dios Nuestro Señor, que la viajera imagen de su Augusta Madre, a su paso por este humilde caserío, se quedara allí, erigiendo, bajo su protección y amparo, los cimientos de una insigne ciudad.

Viendo la gente del cortijo la calidad de los viajeros, el cuidado que todos ponían en la caja que conducían, la cual por su riqueza exterior publicaba el tesoro que guardaba, preguntaron los labriegos y el capellán mostró la imagen que transportaba.

Abierta la caja, retiradas las ricas telas en las que venía envuelta la imagen, emocionados los pozueleños por el resplandor de tanta belleza y movidos de un gran amor hacia la Virgen María, suplican a Marcelo la deje en el lugar en donde ellos prometen levantar un templo digno a tan Excelsa Señora. El fervor de estos humildes labriegos, primeros pobladores de Ciudad Real. conmueve a los de la comitiva real. En gran aprieto se ve el capellán ante la imposibilidad de no poder ceder a los fervientes deseos de los moradores de Pozuelo Seco. Entre alabanzas y súplicas de los lugareños y las razonables negativas de Colino llegó la hora de partir. Los viajeros se llevan con la imagen la ilusión de los del lugar que quedan apenados por la pérdida del tesoro que no han podido lograr.

Es cierto que estos rústicos y humildes labriegos humanamente no tienen derecho a solicitar la posesión de la imagen del rey, pero no es menos cierto que, aquello que es imposible para los hombres es posible para Dios, y como a continuación veremos, los designios de Dios eran muy diferentes a los deseos del rey.

Muy afligidos quedaron los pozueleños con la marcha de los caballeros que habían sesteado en el prado de la aldea, portadores de la bellísima imagen de la Virgen María. Hasta que los perdieron de vista no dejaron de mirar a la caravana real, unos con lágrimas en sus ojos y los más en oración de súplica a la Madre Celestial.

Llegada la noche cada cual se retira a su choza a descansar. Un anciano, llamado Blas el trovador, por su facilidad de hacer versos, compuso algunas coplas,-primeras -manchegas"-, que su hijo Antón cantó a la Virgen.

Sabemos, por tradición, que este garrido mozo no se movió del prado donde siguió cantando y rezando a la Virgen y cuando más entusiasmado se hallaba en su oración vió que una blanca paloma se posaba en la encina en donde unas horas antes había estado la imagen de la Virgen. Deseoso de cazar la bella paloma le tiró una piedra y, al instante quedó convertida en la imagen de la Stma. Virgen, rodeada de brillantes ráfagas de resplandores. Atónito queda nuestro afortunado mozo ante visión tan maravillosa, y una vez repuesto del natural sobresalto, corre loco de alegría a dar la nueva a sus convecinos, gritando: ¡Milagro! ¡Milagro! ¡La Virgen ha vuelto!

Es de suponer que el alborozo y alegría de aquellos afortunados labriegos de Pozuelo Seco sería indescriptible al verso favorecidos por tan singular don del cielo. Locos de alegría corren «a postrarse a los pies de la Soberana Señora que llamaron desde aquel feliz momento, Santa María del Prado.

Alrededor de la milagrosa imagen, lloran de emoción y rezan con fervor los aldeanos, agradeciendo y celebrando a lo rústico tan prodigioso acontecimiento.

Así pudo ocurrir o pudo ocurrir de forma diferente. Nada hay imposible para el creyente. Lo realmente cierto, lo que no podemos negar ni poner en duda es la maravillosa realidad de la protección amorosa de cerca de nueve siglos de Nuestra Excelsa Patrona, Santa María del Prado. De forma sobrenatural o por medios naturales, la venerada imagen de la Virgen quedó en este lugar, donde alrededor suyo, bajo su protección y amparo, el caserío se fue convirtiendo en puebla, la puebla en villa y la villa en ciudad; con el nombre de Real, nombre, que si es cierto fue dado por privilegios y favores de reyes, éstos fueron instrumentos de los que Ella se valió, ya que lo real nos viene de la Reina Celestial, Fundadora y Patrona de la ciudad de Ciudad Real.

En los años lejanos de nuestra niñez, muchas veces hemos oído contar a nuestros mayores cómo en la mejilla derecha de la imagen se apreciaba una ligera mancha morada, cardenal producido por la pedrada de Antón cuando a éste se apareció en forma de paloma.

El documento núm. 848 del archivo parroquial de Santa María del Prado, nos relata un curioso. historial de un estandarte regalado a la Virgen, probando la existencia de esta mancha en el rostro de la imagen. Dice así el referido documento:

"En el año 1750, un vecino de Almagro, don Juan de Contreras, encargó a don Francisco Llunell, de Barcelona, la confección del bordado de un estandarte para la Cofradía de la Virgen del Prado, en el que se debía de reproducir la imagen. El Sr. Llunell hizo la combinación de sedas para el bordado y al terminarlo observó que en el rostro soberano sobresalía una como mancha en la seda. Rehizo su obra por tres veces y aunque las sedas empleadas las pasó y repasó sin que notara cambios de color, al final salía siempre la mancha. Desesperado trajo su obra y la entregó en Almagro y al verlo la esposa de don José García Ximénez, que era muy devota de la Stma. Virgen del Prado, por haber vivido en Ciudad Real, exclamó: -"Admirable, admirable, y lo mejor que tiene es esa mancha en la mejilla". Creyó el artista catalán que se burlaban de él y entonces aquella señora explicó que la sagrada imagen tenía en el mismo rostro un cardenal semejante al que se descubría en el dibujo, por lo que el propio artista vió claramente que se trataba de un hecho milagroso".

Dice el licenciado Mendoza, en su citada Relación, que Colino y compañeros de viaje, cuando salieron de Pozuelo Seco con la imagen, hicieron otro alto de camino en Caracuel en donde cenaron y pasaron la noche.

Reparados del cansancio y amaneciendo el día siguiente, se dispusieron muy de mañana a emprender de nuevo a caminar deseosos de cumplimentar los deseos del rey. Al tomar la caja. notan sorprendidos el poco peso de la misma y con el temor consiguiente, saca el capellán la llave, que siempre llevó consigo, ,y se dispone a abrirla, quedando turbado ante la ausencia de la sagrada imagen. Nadie puede explicarse cómo ha podido ocurrir tal suceso. Movidos, quizás, por inspiración divina, determinan desandar lo andado y volver a la aldea en donde descansaron la víspera y en donde con tanta insistencia suplicaron la posesión de la venerada imagen.

En pocas horas de camino llegan a vista de Pozuelo Seco. Sobrecogidos quedaron los de la comitiva real al oír las voces de fiesta y regocijo de los aldeanos. Al llegar al .prado, ve Marcelo la milagrosa imagen en un artístico trono de ramaje y flores levantado por los aldeanos. Al instante es rodeado por la muchedumbre que llorando de alegría no cesan de gritar: ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro !

Mudo de emoción se dirige el capellán al lugar en donde está la Virgen con intención de tomarla. Por mucho que él hizo y los que con él iban, jamás pudieron moverla de su sitio. Viendo con la inmovilidad de la imagen más visible el milagro, después de pasar tres días en oración se disponen a seguir el viaje hacia Córdoba a comunicar a don Alfonso el suceso milagroso. Grande es el júbilo de los pozueleños al comprobar cómo con esta segunda maravilla de su inmovilidad, mostraba, una vez más, la Santísima Virgen sus deseos de sentar su reinado en el lugar.

Emotiva y feliz fue la despedida de los aldeanos a los de la comitiva del rey. D. Agustín Salido nos la relata en su romance con los siguientes versos:

"De partir la comitiva

al fin le 'llegó el momento

y con gritos de alegría

a los del rey despidieron:

y entonando dulce salve,

y arrodillados en el suelo,

donde la Virgen estaba

quedose rezando el pueblo".

Visitas que hicieron los Reyes y Principales españoles a nuestra Excelsa Patrona, Santa María del Prado.- Milagrosa cura del Rey don Felipe II, por intercesión de la Virgen del Prado.- La Reina doña Isabel II, Hermana Mayor de la Cofradía de Nuestra Señora del Prado.- Investidura de Gran Maestre de las Cuatro Ordenes Militares del Rey don Alfonso XIII, en el Templo de Nuestra Señora del Prado.- Representaciones del Real Consejo y Caballeros de las ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa que acompañaron al Monarca.- Mensaje del Cabildo Catedral al Gran Maestre de las Ordenes Militares.

Antiguos documentos y deducciones de hechos históricos testimonian la fe y devoción que los reyes castellanos profesaron. en todo tiempo, a Nuestra Excelsa Patrona. Desde Alfonso VI hasta el trece de los Alfonsos, último Monarca que reinó en España, visitaron el Templo de Nuestra Señora, a donde vinieron a rendir regio homenaje a la Reina del Prado.

Al llegar Marcelo Colino a Córdoba, de su regreso de Toledo, halló a don Alfonso muy diferente de como lo había dejado, cuando partió, con orden suya, a recoger la imagen de la Virgen. Quedó entonces el rey vencido y quebrantada su salud; ahora lo encuentra poderoso, vencedor y con bríos para nuevas y más gloriosas empresas guerreras.

Fue informado el Monarca castellano del suceso milagroso ocurrido en el prado de Pozuelo Seco, relatado con todo detalle por su capellán. Emocionado don Alfonso convoca a sus caballeros y tropa para notificarles el gran prodigio. Con gran fervor rinden culto homenaje a la Soberana Celestial, atribuyendo a su divina protección el feliz suceso de la rendición de Córdoba, empresa guerrera llevada a efecto a los pocos días de partir Colino hacia Toledo y después de haberse encomendado todos a la protección y amparo de la Santísima Virgen María.

No existe, que nosotros sepamos, escrito alguno que confirme la visita de don Alfonso VI a Pozuelo Seco, pero, parece lo más natural que viniera inmediatamente a postrarse a los pies soberanos de la Virgen gloriosa de sus abuelos y a, la que él tantos favores debía. Es muy posible que el mismo rey quisiera comprobar, con sus propias manos, la inmovilidad milagrosa de la Santa Imagen. La devoción del Monarca, el fervor que a todos despertaría el conocimiento del milagro, y, por otra parte, la necesidad obligada de su paso por este lugar en su marcha, desde Córdoba a Zaragoza, cuando esta última ciudad fue sitiada por don Alfonso. -a los pocos meses de estos sucesos-, confirman, positivamente, la visita del rey castellano a Pozuelo Seco.

La visita del rey y de su ejército debió colmar el júbilo de los moradores de la aldea. Es de suponer que el Soberano hiciese vivas demostraciones de devoción a la Santísima Virgen y que le diese ricos ornamentos, y como es natural, facilitase alguna cantidad para la construción del primitivo Templo; no en balde llamaban a este Monarca el de la mano "horadada", debido a su largueza en obras de piedad.

Alfonso VII, Sancho III y Alfonso VIII, descendientes y sucesores del VI, son los primeros reyes que se nos presentan cerca de Pozuelo Seco. Teniendo en cuenta la frecuencia con que estos reyes estuvieron por estos alrededores empeñados en empresas guerreras, la devoción especial de los mismos hacia la Virgen María y la fama de la milagrosa aparición de Nuestra Señora del Prado, que debió pasar de padres a hijos, no solo en este país, sino también en los reales palacios de Castilla, es casi seguro que, más de una vez, visitaran el Templo de Nuestra Excelsa Patrona acompañados de célebres personalidades.

En el año 1195, en el reinado de Alfonso VIII, ante la proximidad de los almohades que avanzan hacia Alarcos, se sobresaltan, y con razón, los humildes aldeanos de Pozuelo Seco. A pesar que por entonces los moros solían tolerar el culto a los cristianos nuestros aldeanos, temerosos de perder su preciado tesoro, esconden la santa imagen en lugar seguro. Fueron más previsores que nosotros en nuestro tiempo. Con la gran victoria que el mismo don Alfonso VIII alcanzó en el año 1212, en las Navas de Tolosa, vuelve la tranquilidad por estos contornos y la Santísima Virgen a ocupar su trono.

Por este tiempo, la mayor parte de los moradores de la ciudad de Alarcos trasladan sus hogares a la aldea de Pozuelo Seco, siendo uno de éstos un "rico ombe" llamado don Gil, gran servidor y privado de don Alfonso, recibiendo, entre otras mercedes y privilegios del Monarca, la posesión de la aldea, la cual se llamó, desde entonces, Pozuelo de Don Gil, puebla que fue creciendo alrededor del Templo de Nuestra Señora del Prado.

En tiempos de Fernando III, el Santo, recibe Nuestra Patrona el regio homenaje de este rey castellano. Según el historiador Lafuente, en 1244, estuvieron en Pozuelo de Don Gil, el rey Santo, su esposa, la reina doña Juana y doña Berenguela, madre del primero; visita que duró cuarenta y cinco días.

La visita de estos reyes y el fervor que los mismos sentían a la Virgen del Prado, es relatado en estos versos del romancero del señor Salido:

"Aquí estuvieron, Señor,

en Nuestra Virgen del Prado,

Reyes, Príncipes e Infantes

divina gracia implorando:

y consta también, Señor,

que al príncipe don Fernando

y a su mujer doña Juana,

desde Sevilla los trajo

doña Berenguela, al fin

de a la Virgen presentarlos,

en novenas solemnísimas

que seis semanas duraron.

Hizo la reina presentes,

a esta imagen, que guardados

con esmero debido

están en su relicario;

y este traje que hoy ostenta

de piedras y brocados

y esas lámparas que alumbran,

y esos cálices sagrados,

y esa campana que atruena

con sus ecos los espacios,

regalos son de aquel niño

al que acogió como ahijado

y al que de rey en la tierra

lo tornó en el cielo un Santo".

El licenciado señor Mendoza, en la segunda parte de su "Relación" relata con detalle la visita de doña Berenguela y sus hijos, y las ofrendas que estos monarcas ofrecieron a Nuestra Patrona.

Viendo el rey Santo cómo crecía la puebla de Don Gil, ordenó que su ermita se llamase Santa María del Prado, elevándola a categoría de parroquia, nombrando los clérigos necesarios para su servicio.

Pocos años después, el hijo y sucesor de don Fernando, Alfonso X el Sabio, ennobleció la puebla, fundando en ella su Villa predilecta, con el nombre de Real. La carta puebla de la fundación de Villa Real está firmada por este Monarca, en Burgos a 20 de febrero de 1255. A los moradores de Villa Real otorgó el rey extraordinarios privilegios y mercedes, que determinó, en poco tiempo, un considerable aumento de la población.

Fue el rey Sabio gran devoto de la Santísima Virgen. Su obra "Las Cantigas" de Santa María, está impregnada toda ella de esa mística adoración. Los loores a Nuestra Señora son propicios de aquel elevado espíritu que poseía el hijo de San Fernando. Es lógico pensar que este devoto Monarca, al fundar su "bona villa", tuviera muy en cuenta la existencia de Nuestra Virgen del Prado. Conocía muy bien el rey don Alfonso la fuerza de la roca en donde había erigido su Villa. No faltó, pues, la protección celestial a los moradores dé la Real Villa, frente al soberbio poderío de los calatravos, que no veían con buenos ojos el progreso de la Villa del Rey, enclavada en el corazón del campo de Calatrava.

En el año 1420, don Juan II, en pago a los servicios de la mesnada de cuadrilleros de la Santa Hermandad de Villa Real y a petición de estos valientes guerreros manchegos, la eleva a categoría de ciudad, llamándola: "muy noble y muy leal ciudad de Ciudad Real". También este Soberano, lo mismo que su padre y abuelos, es muy devoto de la Stma. Virgen del Prado a la cual visitó varias veces y enriqueció su tesoro con ricos ornamentos.

Don Enrique IV y doña Isabel, la Católica, hijos y sucesores de don Juan II, también frecuentaron el Templo de Nuestra Señora, no faltando las ofrendas de estos reyes para nuestra Patrona y nuevos privilegios para los moradores de Ciudad Real.

En todo tiempo, los reyes españoles profesaron distinguida devoción a Nuestra Excelsa Señora del Prado, siendo favorecidos con gracias y favores recibidos por la intercesión de la Celestial Soberana. A continuación entresacamos del romance del señor Salido y Estrada unos versos que relatan la milagrosa cura de una dolencia del católico rey don Felipe II:

"Dícenos también la historia

que aunque mal voy extractando

que vuestro abuelo Felipe,

a quien segundo llamaron,

de una grave enfermedad,

vióse súbito atacado,

en sus últimos momentos

a esta imagen invocaron

en su nombre, los devotos

de Nuestra Virgen del Prado,

sintiéndose el mismo día

el Rey tan bien y tan sano,

que el Rey y Corte tuvieron

el suceso por milagro".

El día 9 de diciembre de 1866, vinieron a Ciudad Real y visitaron el Templo de Santa María del Prado, la Reina doña Isabel 11, su augusto esposo y sus egregios hijos, el Smo. Príncipe de Asturias, que luego fue, don Alfonso XII, y S. A. R. la Infanta doña Isabel. Les acompañaba, entre otras altas personalidades, el Padre Claret. La Real familia y comitiva subieron al Camarín de la Virgen donde estuvieron largo tiempo orando.

D. Santiago julio Maldonado, Caballero de la Orden de Santiago y hermano de la Cofradía de la Virgen, hincando una rodilla en tierra, presenta a S. M. la Reina, en una bandeja de plata, la patente de Hermana Mayor Perpetua de la Cofradía y las de hermanos para S. M. el Rey, el Príncipe y la Infanta, dirigiendo a S. M. las siguientes palabras:

"Señora, la Hermandad de Nuestra Señora del Prado. Patrona de esta ciudad me ha honrado eligiéndome para presentar a M. las patentes que acreditan a V. M. como Hermana Mayor Perpetua; a Su Majestad el Rey y a Sus Altezas Reales, el Smo. Príncipe de Asturias y a la Infanta doña Isabel, de hermanos. No es la primera vez que los reyes españoles han honrado esta Hermandad, presidiéndola, pues según la tradición, vuestro abuelo, don Felipe II, de gloriosa memoria, aceptó este mismo cargo que tuvo la Cofradía el honor de ofrecerle a su paso por esta ciudad cuando visitó el antiguo convento de Calatrava. Dígnese, por tanto, V. M. aceptar este pequeño Don, hijo de la lealtad de nuestros corazones, y cuya admisión, Señora, será para mayor honra y gloria de Dios, de nuestra inmaculada Patrona y su Cofradía, de nuestro leal y amante pueblo de Ciudad Real, y singularmente el más humilde de sus hijos que tiene el alto honor de ofrecerlo a los Reales Pies de Vuestra Majestad".

La Reina doña Isabel aceptó gustosa dicho nombramiento y lo mismo S. M. el Rey y los Príncipes, encargando al Sr. Maldonado que las patentes se las llevara a palacio. Acto seguido, don Lorenzo Vera, Prioste de la Hermandad, rodeado de todos los, hermanos, presentó a S. M. el Cetro de la Cofradía, que en señal de posesión recibió la Soberana con vivas muestras de alegría.

Por entonces era Gobernador Civil, el ilustre manchego, don Agustín Salido y Estrada, que hizo, a los regios huéspedes, un compendio de la historia de Ciudad Real y de nuestra ínclita Patrona, en bien escrito romance, y del cual hemos venido entresacando algunos de sus versos.

En el atrio del Templo, y con todos los honores, fue despedida la Familia Real por el Sr. Cura Párroco y clero de la ciudad, por la Hermandad y Autoridades, recibiendo entusiasta y cariñoso homenaje de la muchedumbre que llenaba el paseo del Prado.

El día 27 de abril de 1905, viene a Ciudad Real, S. M. el Rey don Alfonso XIII, último Monarca español. En esta regia visita, como nota saliente y singular, resaltó la presencia de los Caballeros de las Cuatro Ordenes Militares, que con lucida y numerosa representación del Real Consejo, Tribunal y Capítulo, acudieron a rendir pleito homenaje a nuestro Soberano, que a su calidad de Jefe de Estado unía la alta investidura de Gran Maestre de tan esclarecida milicia.

Acompañaron al Monarca, los caballeros de la Orden de Santiago: Excmo. Sr. Duque de Sotomayor, Comendador Mayor de León; Excmo. Sr. Duque de Tamames, Comendador Mayor de Montalbán; Ilmo. Sr. D. Santiago Magdalena y Murias; Ilmo. Sr. D. Miguel Serrabona y Fernández; Excmo. Sr. Conde de las Al~ menas; Excmo. e Ilmo. Sr. . José María Barnuevo y Rodrigo de Villamayor; Sr. D. José Trillo Figueras y Hermida; Excmo. Sr. Duque de Bejar; Excmo. Sr. Duque de Almenara Alta; excelentísimo Sr. Marqués de Salas; Excmo. Sr. Marqués de Santillana; Excmo. Sr. Conde de Cerrajería; Excmo. e Ilmo. Sr. D. José Ciudad Aurioles; Sr. D. Manuel Becerra Armesto; Sr. D. Alvaro R. Ferratjes y Domínguez y el Excmo. Sr. Barón de Petrés.

Los caballeros de la Orden de Calatrava: Excmo. Sr. Marqués de Ayerbe; Excmo. Sr. D. Alonso Coello y Contreras, Excmo. Sr. Marqués de Laurencín; Excmo. Sr. Marqués del Pico de Velasco; Sr. D. Santiago Udata; Sr. D. José Portillo Ruvalcava; Sr. D. Luis María de Jarava, Maestro de Ceremonias; Excelentísimo Sr. Marqués de la Hermida; Sr. D. Manuel Argüelles; Excmo. Sr. Vizconde del Val del Ebro; Sr. D, Félix López Montenegro; Sr. D. José María Barnuevo y Sandoval; Excmo. Sr. Conde de Torrejón; Sr. D. Luis Gómez de Barrera; Excmo. Sr. Conde de Heredia Spínola; Excmo. Sr. Duque de San Fernando de Quiroga; Excmo. Sr. Duque de Aliaga; Excmo. Sr. Marqués de Velilla del Ebro; Sr. D. Rafael Gordón y de Ariestegui; Sr. Don Gonzalo Morales de Setien, Capellán de Honor; Sr. D. Cayetano Cabanyes; Excmo. Sr. D. Mariano de Pedro Cascajares, General de División; Sr. D. Francisco Salamanca; Sr. D: Francisco Sánchez Pleités, y el Sr. D. Román García Blanes.

Los Caballeros de la Orden de Alcántara: Excmo. Sr. Marqués de Casa de Pizarro; Sr. D. Gonzalo García Planes; Sr. Don Luis Cabanyes y el Sr. Salamanca.

Los Caballeros de la Orden de Montesa: Excmo. Sr. Marqués de la Romana, Dignidad de Clavero; Excmo. Sr. Marqués de Casa Saltillo; Sr. F. Joaquín Sánchez; Sr. Corbi y el Excmo. Sr. Conde de Inestrillas.

En el vestíbulo del templo fue recibido don Alfonso por el Excmo. Cabildo Prioral en pleno, presidido por el M.I.S. don Santiago Magdalena Muria, Dignidad de Deán y Vicario General S. V. y los siguientes capitulares: de la Orden de Santiago. M. I. S. D. Miguel Serrabona y Fernández, Dignidad de Chantre; M. I. Sr. D. Francisco Teruel; M. I, Sr. D. Jacinto Pérez Vidaller.. De la Orden de Calatrava: M. I. Sr. D. Eloy Fernández y Alcázar; M. I. Sr. D. Lázaro Roldán y Mora; M. I. Sr. D. José María García Muñoz; M. I. Sr. D. Pedro Gil García, Canónigo Magistral; De la Orden de Alcántara: M. I. Sr. D. Enrique Clemente y Guerra, Dignidad de Maestrescuela; M. I. Sr. D. Baldomero Inclán y Menendez; Canónigo Lectoral; M. 1. Sr. D. Mariano Martínez Sanz, Canónigo Doctoral. De la Orden de Montesa: M. I. Sr. D. Luis Delgado Merchán, Dignidad de Arcipreste; M. I. Sr. D. Estanislao de Miguel y Andrés, Dignidad de Arcediano y el M.I.Sr. Don Ambrosio Núñez Amador.

Ayudaron a poner el manto de Gran Maestre a don Alfonso los señores duque de Tamames y Marqueses de Ayerbe, de la Casa Pizarro y de la Romana, y bajo palio, que llevaban cuatro caballeros y dos capitulares, hizo su entrada en la S. I. Priora:, ocupando el trono que al lado del Evangelio se le tenía preparado frente a los bancos destinados para los Capitulares y Autoridades de la provincia, desde el cual oyó con devoto recogimiento el solemne "Te Deum" cantado por la Capilla.

Terminada la ceremonia religiosa, descendió S. M. del Trono y pasó con toda la comitiva a visitar el Camarín de la Virgen, donde después de orar a los pies de la venerada imagen de Santa María del Prado, le fueron presentadas algunas de las valiosas alhajas que guardaba esta S.I.Prioral (desgraciadamente desaparecidas en la última guerra civil) , entre ellas, la artística corona de la Virgen, joya de inestimable mérito, y el riquísimo Porta Paz, obra de orfebrería cuajada de finísimos esmáltes, procedente de Uclés, ambas de gusto plateresco puro de los mejores tiempos, de cuya procedencia enteró a don Alfonso el M. I. Sr. Arcipreste. En el mismo sitio le entregó, en propia mano, el Ilustrísimo Sr. Vicario General, Deán de la S. I. P., un respetuoso Mensaje, que eleva el Cabildo al Gran Maestre de las Ordenes Militares y que a continuación transcribimos:

"A S. M. el Rey don Alfonso XIII, Gran Maestre de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara Montesa, eleva este humilde mensaje el Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Prioral del Coto Redondo establecido en Ciudad Real. SEÑOR: Al corresponder este Cabildo Prioral al inmerecido honor que le habéis dispensado, visitándole en calidad de Gran Maestre de las Ordenes Militares, no podía contentarse con la participación gustosa que le ha cabido en las manifestaciones de público regocijo con que esta región, de antiguo conocida por su castiza y clásica hidalguía, y señaladamente la regia Villa fundada por el más sabio de vuestros ilustres antecesores, acogieron siempre la visita de sus Soberanos. Bástanle asimismo a otras Corporaciones similares, llegadas tan solemnes ocasiones, aquellas pruebas de respeto y simpatía que demanda los sagrados vínculos que por rigurosa ley de conservación han de existir entre los servidores del Altar y el Trono. Pero esta Institución, Señor, grande con la grandeza que le da su nobilísima cuna, singularísima y sola por su carácter y representación en vuestra España, si que también en todo el Orden Católico, pide de parte de los encargados de sostenerla en su augusta ancianidad velado por su realeza y prestigio histórico, algo más alto y profundo, más especial y significativo que a los ojos de Vuestra Majestad aparezca y pueda y deba traducirse como elocuente testimonio de acendrada gratitud, lealtad acrisolada, adhesión incondicional y amor puro y sincero hacia Aquel que, trocando al acercarse al pórtigo de esta su Iglesia, el cetro y la corona del Rey, por la ruda y tosca investidura del guerrero - monje, viene a postrarse a los pies de la suprema potestad del Cielo y Tierra, ocupando el puesto de honor que por derecho propio le corresponde en concepto de Gran Maestre de las Cuatro Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. -Al mejor cumplimiento de un deber, por todos títulos sagrados, obedece, Señor, la presentación de este humilde mensaje en el que quisiéramos interpretar vuestros augustos deseos, de conformidad con el linaje de sentimientos que lo inspiran; sentimientos que brotados espontáneamente al hervor producido en el alma por la lectura de esas páginas de oro donde viven coronados con la aureola de la inmortalidad tantos milla-res de héroes, de santos y sabios que, sin dejar de ser en todo tiempo el brazo derecho de la Monarquía española, dieron con usura días de inmarcesible gloria a la Religión y a la Patria, renacen, se agitan y se agrandan ante el grato recuerdo del que, acomodando sus loables empeños a las duras exigencias del momento, llevó a feliz cima, tras honrosas negociaciones con el Supremo jerarca de la Iglesia, la actual organización del Coto Redondo. Porque, aun a costa de apenar Vuestro regio ánimo será bien consignar cómo decretada abirato por desatentado poder enemigo de vuestro trono la muerte de esta Institución secular, un Rey joven y animoso como Vos, de corazón magnánimo, de valor rayano en la temeridad, llamado del destierro por la aclamación unánime del pueblo y el Ejército, dedica afanoso sus vigorosas iniciativas y primeros solícitos desvelos a la obra de sacar a nueva floreciente vida la que fue cadáver entregado a las burlas y profanaciones de mal velada piedad. ¡Qué destino tan providencial, Señor, el de estas esclarecidas milicias, y qué misión tan sacrosanta la cumplida por el augusto padre de V. M

Así engarzados como diamantes en áurea corona los girones esparcidos de feudal poder, volvieron al regazo de la madre Patria recobrando su perdida personalidad, amparados y protegidos en su doble vida espiritual y terrena por el Trono y el Pontificado. Justa ha de parecer ante los inapelables fallos de la Historia tan valiente reparación, y sabia y plausible fue además la idea de erigir en el solar elegido por el ilustre hijo de San Fernando para asiento de su Real Villa glorioso e imperecedero monumento que, a la vez que recordara a las futuras generaciones el postrero destino de tanta grandeza, sirviera de mansión y de lugar sagrado donde reposaran al abrigo de los guardianes del templo las cenizas aventadas por el soplo de una revolución malsana v descreída. Porque aquí, Señor, en este suelo que os habéis dignado honrar con vuestra real presencia, en la capital como en las vastas llanuras de este territorio, campo abonado para las caballerescas excursiones del Manchego Hidalgo, que el Príncipe de nuestros ingenios tuvo el honor de inmortalizar llevando el nombre español al destino confín del mundo civilizado; se respira todavía a través de ruinas veneradas el saludable ambiente que dejaron los defensores de la independencia nacional, aquellos que, apostados en los ásperos desfiladeros de Sierra Morena, hicieron frente cien veces al paso de los Muslimes, sacando triunfantes, a una, el lábaro de la Cruz y la bandera de la Patria. - Calatrava la Vieja y Calatrava la Nueva con los restos de sus formidables castillos sobre los que aún se destacan erguidas desafiando el huracán de los siglos las Torres del Homenaje, Almagro con su palacio maestral, Montiel, Salvatierra, Malagón, las Guadalerzas, Miguelturra, Alarcos, las Navas de Tolosa, denuncian con sublime elocuencia a los hijos de esta vigésima centuria, lo que fueron en su ayer las ínclitas y valerosas Ordenes Militares. ¿ A qué proseguir por este camino molestando la soberana atención de V. M. ? Estrecho y pobre este sagrado recinto para encerrar el cuerpo de tan gran gigante, triste y dolorosa impresión ha de apoderarse de vuestro real ánimo al visitar la Iglesia Prioral, acostumbrado como venís en las recientes excursiones giradas a los pueblos de vuestros dominios, a cruzar las anchas bóvedas de esas Catedrales góticas, preseas de lujo, joyas del arte en buena hora envidiadas por las naciones más ricas de la cristiana Europa. ¡Terrible contraste, Señor, entre la deslumbradora opulencia, timbres, blasones. ilustres ejecutorias de nobleza que ostentaron en sus mejores días y aún ostentan, en este vivir de ahora, esas aristocráticas milicias, y la pobreza y desnudez del templo escogido para custodia de tan altas remembranzas! ¡Cuánta distancia entre las suntuosas Basílicas que ofrece España a su egregio Soberano para rendir gracias a Dios de los ejércitos por !a prosperidad de sus viajes y la humilde Iglesia en que el Cabildo Prioral recibe al Gran Maestre de las Ordenes Militares! Llevad, Señor, la superior influencia de que disponéis como Jefe de Estado, al ánimo de vuestro Gobierno para que, en la medida que permitan los apuros y estrecheces del erario público, provea, si no a todas, siquiera a algunas de las más apremiantes necesidades que-a la hora presente nos rodean. Los gastos que exige la erección de la Iglesia Prioral se harán por el Gobierno de S. M. el Rey, dice a la letra en su artículo 17 el texto de la Bula "Ad Apostolicam" expedida por el inmortal Pío IX en 18 de noviembre de 1875, base única del derecho particular por el que se rige la Institución de este Priorato. Ya véis, Señor, que solo pedimos el cumplimiento de una ley solemnemente concordada entre las dos supremas potestades, ambas interesadas, llamadas ambas por altos destinos a robustecer y consolidar la obra de sus manos. Ciudad Real veintisiete de abril de mil novecientos cinco". "Señor a R. P. de V. M.-El Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Prioral".

En el atrio de la Prioral fue despedido S. M. el Rey D. Alfonso con los mismos honores que a la entrada, recibiendo caluroso homenaje del numeroso público que llenaba el paseo del Prado.

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