Ángel María Isidro Andrade Blázquez

Ángel María Isidro Andrade Blázquez. Ciudad Real, 1886 - 1932

Ángel María Isidro Andrade Blázquez

Ángel María Isidro Andrade Blázquez nació en la calle de la Azucena, número ocho, de Ciudad Real, el 15 de marzo de 1866, hijo de don José María Rodríguez Andrade y doña María del Carmen Blázquez. Fue bautizado el 16 de mayo del mismo año en la Parroquia de Santa María del Prado.

Su infancia transcurrió en la misma casa que vino al mundo. Era ésta una mansión de dos plantas, encalada, en la que se reflejaba sobre los muros blancos la fuerza cegadora del sol manchego. Tal fenómeno debió sorprender al joven Ángel quedándole grabada en su mente la luminosidad del astro que, posteriormente y de forma magistral, plasmará tantas veces en sus lienzos.

Su afición por la pintura se manifestó desde muy niño:

"Era muy chico todavía cuando comencé a sentir inclinaciones hacia los 'monos. Entonces se publicaba un periódico que creo que se titulaba `La Ilustración para todos, o algo semejante, con grabados en madera. Algunas veces caía en mi poder algún ejemplar de tal revista y en seguida me procuraba lápiz y papel y me ponía a copiar las figuras".

De manera fortuita, un tío suyo, maestro de la localidad cercana de Malagón, lo descubrió en una visita que hizo a la familia. Observó las dotes que tenía el muchacho y aconsejó a su madre que lo llevara al Instituto para que se perfeccionara. Ocupaba entonces la cátedra de Dibujo de dicho centro docente, a la que Andrade accedería años más tarde, un profesor llamado Herrer que pronto se encariñó con el muchacho, permitiéndole dar rienda suelta a su imaginación. Dejando al margen la disciplina de la clase -el dibujo lineal-, el señor Herrer apoyó a Ángel Andrade en sus inclinaciones pictóricas. Acertada decisión que debería servir de ejemplo a muchos docentes, cuando se presentan en sus aulas casos semejantes.

Cuando concluyó sus estudios en el Instituto, su tío le recomendó a una familia amiga, residente en Madrid, para que le introdujera en los talleres de arte decorativo de Bussato y Bonard en los que permaneció algún tiempo, calificado por él mismo como perdido.

Más tarde, probó suerte en la Escuela de Artes e Industrias, en la que halló el ambiente deseado. Cursó estudios durante tres años, compartiendo con sus compañeros inquietudes comunes y aspiraciones artísticas recorriendo y admirando las colecciones del Prado y las exposiciones más importantes de la capital de la Corte, tales como las Nacionales o las del Círculo de Bellas Artes, a las que, sin duda, algún día soñaba presentarse. Cuando ya estaban sus planes completamente forjados, recibió una carta de su familia pidiéndole que volviera. Sus padres no poseían medios económicos para mantener a su hijo de forma indefinida en el aventurado, confuso e inseguro camino del arte. Debía "establecerse".

Andrade regresó a Ciudad Real, pero en sus cálculos no entraba cortarse las alas artísticas ni encerrarse en un despacho para el resto de su vida. Sentía que su vocación era otra. Fue entonces cuando decidió solicitar una pensión a la Diputación Provincial para proseguir sus estudios en Madrid. Quería ingresar en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando. Concurrió a la prueba selectiva en octubre de 1883, obteniendo como resultado un suspenso. No logró entrar en ella hasta el año 1884, que dedicó, por completo, a perfeccionarse en las distintas materias impartidas en el centro, no presentándose a los exámenes correspondientes hasta el curso 1885-1886.

Una vez concluidos los estudios en la Escuela de San Fernando, pidió a la Diputación de Ciudad Real la renovación de la ayuda económica que venía percibiendo con la intención de realizar el sueño de todo principiante: un viaje por Italia. Para solicitar dicha pensión, entregará una copia del cuadro de Emilio Sola, premiado en la Exposición Nacional de 1871, titulado La prisión del príncipe de Viana. La entidad provincial le concederá 2.000 pesetas en 1888 con las que partirá hacia la patria del arte, comprometiéndose a enviar un lienzo cada año. Teniendo como eje Roma, visitará los distintos puntos del país: Arezzo, Asís, Nápoles, Florencia, Capri, Pisa y Venecia. Es una época en la que hace unos bellísimos apuntes a lápiz, tomados del natural, de las bellas ciudades y parajes de la península italiana. Están ejecutados sin trabas ni convencionalismos, sin jueces ni testigos que opinaran. Son para el artista y nada más que para el artista; de ahí su frescura y espontaneidad que anuncian su estapa final de paisajista nato.

Aprovecha su estancia en el norte de Italia para pasar a la vecina Baviera con el fin de asistir a la Exposición de Munich y conocer, de paso, algunas ciudades alemanas. Será muy importante el impacto que le produjo la obra de Liebermann, pintor luminista germano. Cuando regresa a Roma, siente que ya está preparado suficientemente para presentarse a la Nacional de Bellas Artes de 1890. Ya lo había intentado el año anterior con Costumbres filipinas, intento que resultó fallido. Esta vez presenta una sola tela de carácter social: El Aniversario. El jurado le sorprenderá con una Medalla de Tercera Clase que sirve para animarle y reconocerle su labor.

A partir de este momento, su nombre comenzará a ser conocido entre el público, apareciendo en los periódicos junto a otros más famosos. Cuando se enteró del premio, se hallaba pasando unos días en su ciudad. Sus paisanos acogen la noticia con curiosidad y alegría, mirándole, desde entonces, con cierto respeto y expectación. Como contrapunto a su éxito, algunos piensan que ha ganado mucho dinero y la Diputación le retira la subvención que disfrutaba. No le quedará más remedio que quedarse en Ciudad Real, frustrándose así los proyectos e ilusiones que tenía en el extranjero.

Por aquellos años, hacia 1890, se estaba construyendo en Ciudad Real el nuevo edificio de la Diputación. Los responsables de la Corporación provincial le piden que se encargue del asesoramiento decorativo y artístico de la obra a cambio de 7.000 pesetas, encargo que, obligado por su penuria económica, tiene que aceptar, pasando a dedicarse a algo tan alejado de su estilo y aspiraciones.

Cuando acaba el contrato, al año siguiente, en 1891, vuelve a Madrid para cobrar el premio obtenido en la Nacional de 1890. Con el importe de éste, partirá hacia Florencia, permaneciendo poco tiempo en la ciudad del Arno, pues toda su recompensa consistía en 1.500 pesetas. A su regreso, pasa por la capital de la Corte para dejar tres lienzos que figurarían en la Nacional de Bellas Artes de 1892. Sin lograr éxito alguno, retorna a Ciudad Real, donde residirá hasta finales de 1893, malviviendo de los contados encargos que recibe y de lo que le resta de las 7.000 pesetas, percibidas por su trabajo en el Palacio provincial.

Es precisamente en el año 1894 cuando la suerte comenzará otra vez a sonreírle. Abandona su ciudad natal y se introduce en el ambiente artístico de la capital de España, asistiendo a las tertulias de los cafés más famosos de la época, en los que conoce a los vanguardistas de su tiempo e intercambia opiniones con ellos.

En dicho año colabora en una exposición colectiva, junto con Beruete, Peña, Martínez Abades, Tordesillas y otros pintores famosos. Estaba dedicada a la memoria de Julio Gros y se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Más tarde, participa en la Bienal que organiza la citada entidad con Aranda, Sorolla, Muñoz, Degrain, Sáinz y otros maestros. El comentarista de "Blanco y Negro" apunta: "Andrade hace cada año mayores progresos". Tal es su popularidad que Cilla, famoso caricaturista, le dedica uno de sus dibujos. También le recoge Mecachis en su sección de humor: unos visitantes de la exposición con enormes bigotes, ataviados con levita y sombrero de copa, se secan el sudor, «Ante los los efectos del pleno sol que han traído este año los cuadros de Sorolla, Andrade, Pla...».

Su fama crece día a día. A punto de concluir 1894, "Blanco y Negro" solicita su colaboración asidua como ilustrador. Andrade trabajará en la citada revista hasta 1913. A veces, aparecen algunas reproducciones de sus obras en "La Ilustración Española y Americana" y en "La Ilustración Artística". En 1895 cosechará dos éxitos determinantes para su carrera. El primero, otra Medalla de Tercera Clase en la Nacional de Bellas Artes con un lienzo titulado La siega. El segundo premio, más importante y decisivo para él, será la plaza, ganada en oposiciones del Estado, para residir en calidad de pensionado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Roma, donde permanecerá, ampliando estudios, cuatro años con la obligación de mandar un lienzo cada curso. Siempre obtuvo la máxima calificación: el Ha cumplido con exceso, que equivalía a unas 500 pesetas.

Estos certámenes, a los que concurrían gran número de artistas, eran muy reñidos, dado el nivel que tenían los concursantes y suponían, de hecho, el doctorado en Bellas Artes. A la convocatoria de 1895 se presentó el casticista Carlos Vázquez, paisano de Andrade, que fue eliminado. Los ganadores de ese año fueron: Escultura, Alsina y Trilles con la obra Un gladiador; Composición y Figura, Bárbara y Alvarez Dumont con Fuego y Fuego en la casa y Paisaje, cuya plaza fue adjudicada a Andrade con un trabajo al carbón.

Partieron los artistas hacia Roma. El ambiente que allí encontró Andrade no podía ser más favorable para el desarrollo de sus ideales. Captó los alrededores de la capital italiana, los más bellos parajes de la campiña, las ciudades y las ruinas clásicas y el famoso lago Nemi. En sus orillas se celebraba anualmente la fiesta de fin de curso de la Academia, que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada, con cena, tertulia, baile de hermandad y despedida de los alumnos que abandonaban definitivamente el centro.

Al concluir su estancia en Italia, Andrade cuenta ya 34 años. Es, por lo tanto, un hombre maduro que decide plantearse su porvenir de una manera más estable y segura de la que había tenido hasta entonces. Desea consolidar su situación económica para no estar supeditado al gusto de una clientela determinada. Ello daría la libertad necesaria a su arte, permitiéndole seguir sus principios, los aceptasen o no los demás. Es entonces cuando decide presentarse a las oposiciones de profesores de Dibujo para Institutos, siendo nombrado para el de Tarragona, su primer destino, el 2 de septiembre de 1900. Allí permanecerá hasta 1906. Durante las vacaciones estivales, visita diversos puntos de la cornisa cantábrica: Asturias, Santander y Zarauz. También realiza una excursión a Andalucía, recorriendo Sevilla, Málaga y Granada.

El 22 de mayo de 1906 obtiene la plaza, como numerario por oposición(7), de Badajoz, donde tan sólo permanecerá unos meses. El 13 de noviembre, a través de concurso de traslado, pasa al Instituto de Toledo, en el que se quedará nueve inviernos. El mismo año obtiene una Segunda Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el último cuadro que presenta de tendencia social: Los huérfanos. Apenas visita Ciudad Real durante todo este tiempo. Los veranos reside en el pueblo de donde eran oriundos sus abuelos maternos, Arenas de San Pedro, localidad que aparecerá constantemente en los lienzos y tablillas de esta época.

El 4 de noviembre de 1915 consigue la ilusión de su vida: venir a impartir clases al Instituto de su queridísima ciudad natal, a enseñar, como manifiesta en una entrevista, a los hijos de los amigos de la infancia. Para que fuera posible este traslado, cambió su plaza de Toledo con el hasta entonces profesor de Dibujo de Ciudad Real, don Feliciano Cañamero. Sus paisanos recibieron con júbilo al laureado artista, convirtiéndose éste en su más fiel colaborador y asesor cultural. Sin embargo, es a partir de este momento cuando se irá sumiendo en el más absoluto anonimato y sólo conservará un prestigio local que le seguirá hasta su fallecimiento. Triste sino el de los artistas que viven en ciudades pequeñas. Después de su muerte, y durante muchos años, el único recuerdo que ha quedado ha sido el nombre de la calle donde nació que, desde 1984, se ha vuelto a llamar Azucena, aunque dedicada a Ángel Andrade. Una placa conmemorativa recuerda el sitio donde estuvo la casa en la que nació el artista.

A su llegada a Ciudad Real, como era soltero, se estableció en el hotel Miracielos, situado en la calle de la Paloma. Más tarde buscó un criado, Melitón, quien, acompañado de su madre, se encargó de asistirle. Los tres se instalaron en una casa alquilada de la calle de la Rosa, el número 3, donde permanecieron algunos años. Después Andrade se trasladó a la plazuela de la Merced, donde le sobrevino la muerte el 18 de noviembre de 1932.

El cronista de "Pueblo Manchego" dirá, con verdadero acierto, que aquel viernes gris era la antítesis de su pintura. Un gran pesar invadía a todos sus conciudadanos. Al duelo se sumaron personas de todas las clases sociales. Su cadáver quedó expuesto en la Sala de Juntas de su amado Instituto al que había dedicado su último lienzo sin concluir. La bandera del centro ondeaba a media asta y a la casa mortuoria llegaban incesantemente coronas de alumnos, profesores, amigos y compañeros entrañables, así como de artistas de toda España. Todos los periódicos reseñaban el luctuoso acontecimiento, dedicando sus columnas a la biografía y a sus premios. "Blanco y Negro", además de mostrar dos fotos, una suya y otra del cuadro que dejó en el caballete sin acabar, encabezaba la noticia con estos titulares "Un gran artista fallecido".

Al día siguiente, desde la Parroquia de Santa María del Prado, donde fue bautizado 66 años antes, partió por la calle Toledo el cortejo fúnebre camino del cementerio, con un cielo otoñal lleno de nubes que amenazaban lluvia, pues parecía que el sol también deseaba rendirle su particular homenaje, ausentándose en el entierro del magistral luminista.

Allí permanece olvidado, en una tumba abandonada y medio destruida, el cuerpo de uno de los mejores pintores de finales del XIX y principios de este siglo. Un hombre sencillo que favoreció tanto al arte como a su pueblo, auténtico promotor del progreso artístico de su ciudad, pues se interesó vivamente por la creación del Museo, al que quería donar parte de su obra, de la Escuela de Artes y por el funcionamiento de la Biblioteca y del Ateneo de Ciudad Real.

Colaboró también en numerosas ocasiones con los periódicos provinciales y asesoró a diversas entidades en concursos y certámenes. Asimismo, dirigió decoraciones de centros públicos y casas particulares, tales como las de Ayala y Medrano; supervisó las obras del Camarín de la Virgen del Prado, realizadas por el escultor Argüello y orientó a los jóvenes artistas que frecuentaban su estudio de la plazuela de la Merced.

En 1920 formó parte del jurado de Bellas Artes como vocal. Ese mismo año salió elegido concejal del Ayuntamiento de Ciudad Real, pasando después a ser teniente de alcalde y también estuvo algún tiempo al frente de la administración local al dimitir su titular.

Fue nombrado hijo predilecto de Ciudad Real y se hallaba en posesión de la Encomienda Ordinaria de la Orden Civil de Alfonso XII.

Los que le conocieron le describen como un hombre de mediana estatura, con unos dedos muy gruesos que movía con increíble facilidad y soltura. Dicen que pasaba largas temporadas sin pintar pero cuando comenzaba, lo hacía con una fuerza y seguridad que le permitía acabar la tablilla o el apunte en un máximo de un par de horas.

En sus últimos años, el Andrade cosmopolita de otro tiempo se convirtió en un auténtico provinciano, amante de los toros y de las plácidas tertulias del Casino durante la sobremesa y de las de la puerta de su casa de la plazuela de la Merced, durante las calurosas noches de verano. A estas últimas concurrían los miembros de las familias más adineradas de Ciudad Real, siendo recibidos con gusto por el artista, pues ellos eran los principales clientes de sus paisajes.

Era cordial y sencillo, comedido y moderado, excepto cuando alguien le solicitaba su opinión sobre el abstracto. Entonces, según testimonio oral de uno de sus discípulos, montaba en cólera y decía: "Yo cogía el puto cuadro y se lo metía por la cabeza del autor".

El movimiento cubista no salía mejor parado:

"No merece la pena ni ocuparse de ello, eso es una locura, creo que los cultivadores de esa aberración pretenden tomarnos el pelo. ¿Podemos tomar en serio que un caballo tenga cien patas?... es un disparate artístico... esos pintores son unos vivos... sólo persiguen la venta de sus disparates... y como de tontos y locos está el mundo lleno... se los comprarán... porque la gente no sabe en qué gastarse el dinero".

En fin, vemos que las nuevas tendencias no eran del agrado de don Ángel. Sin embargo, respecto a muchos de sus contemporáneos era más avanzado, pues siempre decía que la pintura debe obedecer al PROPIO SENTIR del artista:

"Pues muchos las primeras equivocaciones que cometen es en su empeño de pintar a lo Velázquez... no dejándose llevar por sus propias ideas y de su propio sentir...; que difícilmente sentirán lo que el gran maestro... y así, lo que no obedece a la manera propia de ver las cosas, necesariamente resulta falso porque le falta el alma ...."

Se observa claramente el rechazo del artista a sus coetáneos, los retrasados y los academicistas, para apoyar tan sólo a la única vanguardia existente en sus años jóvenes, el paisaje, en el que desgraciadamente se encerró y estancó. También se comprende, de este modo, su aversión y hostilidad hacia los nuevos movimientos, difíciles de asimilar desde el Ciudad Real de los años veinte, desde un aislamiento provinciano que se resistía a admitir que el arte es una evolución continua, donde no hay verdades absolutas. La estética es tan variable como el hombre y como su pensamiento; con el paso del tiempo todas las corrientes y tendencias son relativas.

He tenido el gusto de conocer a algunos de sus discípulos. Todos hablaban o hablan del maestro con verdadero cariño y admiración. Unos cuantos siguieron sus ideas naturalistas y paisajistas: Vicente Martín, López-Salazar y López Torres. Este último, padre del hiperrealismo y uno de los mejores pintores dentro del figurativismo español del siglo XX, fue descubierto por Andrade en un concurso de pintura, celebrado en Tomelloso en 1925, de cuyo jurado formaba parte el luminista manchego.

Animó y defendió a todos ellos. Como prueba, reproduzco la carta de Andrade al escultor Jerónimo López Salazar Martínez, fechada el 19 de octubre de 1917 y publicada en "Pueblo Manchego"; carta abierta motivada porque la Diputación había retirado al artista la pensión que venía disfrutando:

Querido pariente: En atenta carta que recibo hoy, me pides mi parecer sobre si los méritos alcanzados por ti en tu carrera hasta la fecha serían los suficientes para poder solicitar de la Excma. Diputación una pensión con la que pudiese continuar los estudios en Madrid y prepararte a la vez para en su día hacer las oposiciones a las plazas de pensionados en Roma.

Desde luego creo que tienes ya más que méritos suficientes para ello y condiciones excepcionales también para que esa Excma. Corporación te apoye en tus justas pretensiones y te concedan lo que solicitas, siendo éste un acto de verdadera justicia (por tu precaria situación) y de un gran acierto por ser el primer paisano que ha descollado en el arte de Fidias.

Por esto, tengo la completa seguridad que la Excma. Diputación, tan amante siempre a saber premiar de alguna manera los esfuerzos de los que sin medios para ello se dedican a cultivar un arte tan difícil, ha de otorgarte lo que deseas habiendo realizado con ello dos milagros: el renovar lo que injustamente estaba olvidado y el de poder enaltecer con tu firma el nombre de nuestra Patria chica, que tan falta está de estas cosas.

Un abrazo y mis más vivos deseos porque consigas lo que deseas, tuyo,

A. Andrade

Que un artista de su prestigio, plenamente consolidado, escribiese así, y públicamente, una carta de recomendación para un jovencito de 18 años, nos proporciona una idea muy clara de las cualidades humanas del genial pintor.

Sus discípulos heredaron del maestro la técnica, el color, la luminosidad, la limpieza, los valores ambientales y, sobre todo, la honradez de estilo. Pero, por desgracia, su inadaptación a las corrientes contemporáneas, producto tanto de la vida provinciana como de la escasez de recursos económicos, resulta evidente y les llevó a ser unos perfectos desconocidos dentro del mundo del arte. También hay que citar aquí el escaso apoyo que recibieron de sus paisanos, siempre inclinados a valorar más lo foráneo que lo propio.

Estos datos biográficos han sido recogidos del libro "ÁNGEL ANDRADE" de la autora: Dña. Carmen López-Salazar Pérez y editado por la Biblioteca de Autores y Temas Manchegos de la Excma. Diputación Provincial de Ciudad Real.