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Dichos populares (P)

 

 

Pagar con la misma moneda: Devolver el favor, retribuir a alguien una actitud anterior. Puede referirse a hechos buenos - corresponder a una gentileza- o a hechos desagradables -tomarse desquite de una ofensa-.

Pagar el pato: Padecer una pena o castigo, sin merecerlo o por culpa de otro. El origen hay que buscarlo en la burla que hacían los viejos cristianos a los judeoespañoles debido al "pacto" (deformado irónicamente en la forma "pato") que habían hecho estos con Dios.

Pagar justos por pecadores: Hacer recaer la responsabilidad de una culpa sobre los inocentes.

Pagar los platos rotos: Ser castigado injustamente por un delito que no cometió.

¡Palabras, palabras, palabras!: Frase con la que, en la obra de Shakespeare, Hamlet responde a Polonio, cuando éste le pregunta qué está leyendo (acto II, escena I). Luego, la expresión se aplicó a la verborragia o a la utilización de palabras sin sentido.

Pan con pan, comida de zonzo: Alude a lo aburrido de las cosas de idénticas características, lo mismo que si una persona comiera pan y, para acompañarlo, también pan.

Pan para hoy y hambre para mañana: Locución que se usa para justificar las decisiones que aseguran la resolución momentánea de un asunto, aunque las posibilidades para el futuro sean poco favorables, como si uno tuviera asegurado el pan pero solamente para el día presente, sabiendo que no alcanza para el futuro.

Pan y circo: Frase tomada del latín panem et circences, expresión del poeta romano Juvenal quien, en sus Sátiras criticaba la corrupción en Roma en los tiempos de César. Actualmente, sirve para ilustrar las únicas aspiraciones de las masas populares.

Papita p’al loro: Expresión de triunfo, sobre todo en lo referente al resultado exitoso de una inversión en la que quien la dice ha salido muy beneficiado. Está dicha en lenguaje rural que equivale a papita pa(ra e)l loro, en donde la palabra "papita" (diminutivo de "papa") tiene el valor de alimento para el ave.

Para hacer una tortilla, hay que romper varios huevos: Para obtener lo que deseamos hay que hacer sacrificios; sin esfuerzo no hay manera de alcanzar logros, lo mismo que sin romper algunos huevos no sería posible preparar una tortilla.

Para pelear se necesitan dos: Podríamos usar la frase cuando uno no quiere, dos no pueden, porque expresa claramente la imposibilidad de enfrentamiento entre dos personas cuando una lo elude.

Parar el carro: Literalmente, frenar a alguien, con una respuesta cortante o una reacción inesperada, como cuando se detenía un carro, impidiendo el avance del caballo.

Parar la olla: Aportar para la comida en una casa, llevar lo necesario para la alimentación de la familia. Era costumbre, antiguamente, acostar la olla cuando no se cocinaba o en las épocas malas, pero cuando se cocinaba, la olla volvía a "pararse" para mantener la comida caliente.

París bien vale una misa: Frase atribuida a Enrique IV, cuando le fue exigida su conversión al catolicismo para poder ser rey de Francia. Con el tiempo, la expresión se aplicó para justificar la realización de una tarea desagradable con el objeto de alcanzar un logro.

Partir es morir un poco: Frase que expresa el dolor de la partida y provendría de las palabras iniciales de un poema del poeta francés Edmond Haracourt.

Partir la diferencia: En una controversia, significa ceder cada una de las partes, algo de lo que le corresponde por derecho, con tal de lograr un acuerdo.

Partir por el eje: Equivale a dejar a alguien inutilizado, prácticamente arruinado, como cuando a un vehículo se le parte uno de los ejes y queda totalmente imposibilitado de funcionar.

Pasar la noche en blanco: Según los antiguos usos de la Orden de Caballería, el neófito (aspirante a integrar la Orden) debía permanecer en vela toda la noche anterior a la ceremonia, cubierto con una especie de sayal blanco, que simbolizaba la pureza de intenciones que se le exigía, para poder recibir dignamente el espaldarazo ritual. El dicho de los antiguos caballeros acabó por incorporarse al habla popular como frase sinónima de "pasar la noche desvelado, sin dormir, a causa de cualquier dolor, molestia o pesar ocasional", aunque el traje de dormir o el camisón no sean precisamente blancos.

Pasar las de Caín: Padecer grandes contratiempos y sinsabores. La comparación surge de las vicisitudes que, según la Biblia, sufrió Caín luego de matar -por envidia- a su hermano Abel.

Pasarse al patio: Tomarse excesiva confianza, más de la que se le otorgó. En las casas -a diferencia de la mayoría de los departamentos- suele haber un patio al que sólo acceden las personas que gozan de la confianza de los dueños de casa.

Pasarse de rosca: Extralimitarse, excederse en lo que se dice, se hace o se pretende, como cuando la tuerca no encaja en el tornillo porque está desgastada la rosca y, entonces, "se pasa".

Pedir peras al olmo: Pedir lo imposible. El olmo es un árbol que da excelente madera, pero no peras.

Pelado por alcahuete: Frase originada en una costumbre-castigo nacida durante la Segunda Guerra Mundial, por la cual los colaboracionistas locales de los nazis eran literalmente rapados por sus compatriotas como señal de advertencia para quienes se sintieran tentados de imitar esa actitud. Lo mismo sucedía con las amantes nativas de los oficiales alemanes. En nuestro país, en la década del 50, la frase se popularizó con un sentido festivo, ignorando muchas veces su cruel origen.

Peor es nada: Expresión usada a manera de consuelo, por la que se manifiesta que uno se conforma con lo poco (o de escasa calidad) que tiene, teniendo en cuenta que podría haberse quedado sin nada. Y eso es peor. La locución peor es nada se ha convertido en una expresión sustantiva, al usársela en oraciones como él (o ella) es mi "peor es nada", casi con el mismo valor de media naranja (ver).

Perder el tren: Dejar pasar la oportunidad, como quien llega tarde a la estación y el tren que debía tomar ya partió.

Perro que ladra no muerde: Los que hablan demasiado suelen hacer poco, tal como suele suceder con algunos perros que ladran excesivamente pero nunca atacan. Por supuesto, hay excepciones.

Piano, piano, si va lontano: Es una frase de origen italiano que invita a la prudencia. Su traducción sería despacio, despacio, se llega lejos, aunque en su lengua de origen la frase es chi va piano, va lontano («el que va despacio, llega lejos»).

Pisar el palito: Caer en una trampa, sobre todo, cuando ésta fue urdida con toda la intención de hacer caer a uno. La expresión proviene de las viejas trampas para pajaritos en las que, cuando el ave literalmente pisaba un palito colocado en ellas, éste dejaba caer el resto de la trampa encima del ave.

Pisar los talones: Seguir muy de cerca, sobre todo emulando a alguien en su actividad.

Poderoso caballero don Dinero: ¿Alguien duda del poder del dinero? ¿Alguno pone en duda la importancia que la sociedad actual les da a los bienes materiales? Tanto es así, que en inglés lo llaman el único monarca... El refrán español se hizo popular merced a la glosa que de él hizo el poeta Francisco de Quevedo.

Ponle la firma: Dalo por hecho, es seguro. La frase está tomada de la costumbre de firmar los documentos importantes, en particular las solicitudes de créditos personales a sola firma -muy frecuentes en los años 40 y 50- que eran avalados por la firma del interesado y su garante.

Poner cara de circunstancia: Mostrarse serio, circunspecto, a veces, fingiendo la expresión; otras, con real sentimiento.

Poner como trapo de piso (o de cocina): Maltratar a alguien, humillarlo pública o privadamente, dejarlo con mal aspecto, tal como quedan el trapo de cocina y el de piso luego de haber sido utilizados en una tarea de limpieza.

Poner de chupa de dómine: En la portada del diario 'La Razón' del 2 de febrero de 1999 podía leerse el siguiente titular: "Mónica Lewinsky pone a Clinton de chupa de dómine". El modismo poner de chupa de dómine se emplea cuando alguien habla muy mal de otra persona, con o sin razón, para causarle el mayor daño posible.

La chupa era una prenda de tela que a modo de chaleco cubría el torso, con 4 faldillas de la cintura para abajo y con mangas ajustadas. Los soldados utilizaban la chupa debajo de la casaca. La expresión, que equivale a poner a alguien como un trapo, proviene del hecho de que algunas personas vestían unas chupas fabricadas con tejidos de pésima calidad. Entre los usuarios de éstas destacaban los dómines, nombre latino con el que se designaba a los profesores de gramática, que ganaban bastante poco.

Poner el arado delante de los bueyes: Es hacer las cosas al revés, de manera que no puede obtenerse ningún resultado positivo, tal como sucedería si alguien colocara primero el arado y luego los bueyes.

Poner el dedo en la llaga: La llaga es la parte más dolorosa y molesta de una herida, por lo tanto, poner el dedo en ella, significa causar mucha molestia y dolor a quien la padece. Figuradamente, la expresión se aplica a la acción de señalar e insistir en el punto que más preocupa a una persona.

Poner el grito en el cielo: Gritar exageradamente, clamar quejándose con vehemencia de una cosa, como si uno realmente gritara tan alto que su voz llegara al cielo.

Poner en tela de juicio: Dudar acerca de una afirmación hecha por otro y someterla a exhaustivo examen. En al antiguo Derecho procesal, el uso de esta locución señalaba que un asunto estaba pendiente de resolución.

Poner la otra mejilla: Consejo bíblico (Mateos 5, 39; Lucas 6, 29) por el cual se nos invita a ofrecer la otra mejilla, cuando hemos sido abofeteados en una de ellas. Metafóricamente, la expresión se utiliza para dar a entender que una persona queda a merced de su agresor, sin atinar a ninguna defensa, una vez que ha sido ofendido.

Poner las barbas en remojo: Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar, dice la tradición, a manera de advertencia sobre lo que es inminente que nos suceda cuando lo propio le ha ocurrido a nuestro vecino.

Poner las cartas sobre la mesa: Sincerarse, decir la verdad ante alguien, sin guardarse nada, como quien, en el juego de naipes juega todas sus cartas y sólo le queda ver lo que sus adversarios presentan en la mesa para saber si ha ganado o perdido.

Poner los pelos de punta: Aterrorizarse, estar extremadamente nervioso, alterado. Cuando alguien sufre un gran susto, la piel se eriza y los pelos se paran.

Poner toda la carne al asador: Jugarse el todo por el todo, no dejar nada para más adelante, como cuando quien prepara el asado pone toda la carne al fuego porque ya es tarde y, además, el fuego se está extinguiendo.

Ponerle el cascabel al gato: Atreverse a acometer una acción peligrosa o difícil. Surgió de un cuento anónimo llamado "De los mures con el gato", colección de cuentos satíricos. Posteriormente, la expresión fue popularizada por Félix María de Samaniego en "El congreso de los ratones", en la que los roedores de Ratópolis, para tratar de detener los pies de su perseguidor, el gato Miauragato, acordaron en ponerle un cascabel para prever cuando se acercaba. Pero el problema surgió cuando hubo que llevar a cabo la hazaña: nadie se animaba.

Poniendo estaba la gansa: Expresión vulgar tomada de un primitivo juego infantil cuya frase completa era poniendo estaba la gansa, que era gorda y era mansa. La expresión, acompañada de un gesto hecho con la mano, invita a la persona a quien se la dice a pagar una deuda. En este caso, se asocia el verbo "poner" en dos de sus significados más comunes: por un lado, en el sentido de "deponer o soltar el huevo las aves"; por otro, el hecho de "apostar o abonar una cantidad de dinero". Con el tiempo, el verbo poner o su forma ponerse tomaron el valor de "pagar con dinero".

Por arte de bilibirloque: El vocablo bilibirloque tiene su origen en el verbo birlar, que en el juego de los bolos significa tirar por segunda vez la bola. Vulgarmente, este verbo también equivale a hurtar a uno algo valiéndose de alguna intriga. En germania o caló, birlar significa estafar, y birloque o birbesco, ladrón. Se puede presumir pues que 'por arte de bilibirloque' es una frase equivalente a dejarse hurtar o estafar de repente por un hábil ladronzuelo.

Por bajo cuerda: De manera reservada, ocultándolo de la vista de los demás. La expresión está basada en una treta aplicada en un antiguo juego de pelota en el que había que pasar el balón por encima de una cuerda colocada en medio de la cancha. La trampa consistía en pasar la pelota por debajo de la cuerda, de manera que si el ardid no había sido percibido por nadie, el tramposo se adjudicaba el tanto.

Por hache o por be: Por una razón u otra. Se usa esta locución para dar entender que siempre que sucede algo, hay una causa, importante o no.

Por la boca muere el pez: Es perjudicial hablar indiscriminadamente, y el dicho nos recuerda que el pez es atrapado por la boca, al morder el anzuelo. Lo mismo le sucede a la persona que habla en exceso.

Por la plata baila el mono: Es una crítica a las personas que lo hacen todo por interés, que sólo persiguen la obtención de dinero. El origen se remonta a la época en que los organilleros y músicos ambulantes llevaban un monito para que realizara "monerías" al público. Luego de terminada la función -que podía ser musical o de adivinación- el simio pasaba a recoger las monedas en una latita.

Por la puerta grande: Lograr hacer algo exitosa, triunfalmente. La comparación hace referencia a la mayor gloria del torero quien, luego de haber realizado una faena exitosa, es sacado en andas por la "puerta grande" de la plaza de toros.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?: Palabras con las que Jesús (Evangelio según San Mateo, VII, 3) censura a los que reprenden los defectos ajenos y no ven los propios.

Por un quita de ahí esas pajas: Por una cosa sin importancia, de poco fundamento.

Predicar en el desierto, como San Juan: Hablar en vano, hacer las cosas para nada, sin ningún resultado. En este caso, debemos hacer la advertencia de que cuando San Juan el Bautista predicaba en el desierto de Judea, lo acompañaba una inmensa muchedumbre que no sólo lo escuchaba y seguía sino que además, se hacía bautizar por él, con lo que queda descartada la idea de "predicar en vano".

Prender el ventilador: Equivale a hablar, contar todo lo que se sabe, con el objeto de perjudicar a una o más persona descubriendo secretos que estas personas se cuidan muy bien de guardar. La expresión completa es prender el ventilador y echar mierda para todos lados, comparando la ventilación de secretos con la actitud de acercar estiércol al ventilador para que se propague hacia todos lados.

Pueblo chico, infierno grande: Crítica a las sociedades de los pueblos pequeños, en donde todos sus habitantes se conocen y suelen propiciar grandes escándalos, precisamente por conocerse tan bien.

Pelitos a la mar: Desde tiempos remotos, el hecho de arrancarse algunos pelos de la cabeza y arrojarlos al viento ha tenido un significado de reconciliación, ya que así la hacían los griegos del período clásico (se lo menciona en la "Iliada", de Homero durante las ceremonias del rapado de corderos y el aventado de sus pelos). Y aún hoy lo hacen, por ejemplo, los niños andaluces cuando quieren sellar sus diferencias: ponen los pelos en la palma de la mano y, soplando, exclaman: "Pelitos a la mar", en alusión a que el viento habría de llevarse también las disputas hacia el inmenso mar, lo mismo que se llevaba los pelitos. Trasladada al lenguaje común, la frase mantiene su primitivo significado y se la usa para allanar diferencias. Entre nosotros, esa significación no tuvo jamás aplicación práctica, pero circulaba hace muchos años la variante Pelito pa’ la vieja, claro que como exclamación de júbilo luego de haber obtenido provecho en alguna operación ventajosa (cambio de figuritas, canicas, etcétera).

Picar muy alto: Esta es una expresión tomada del arte de la tauromaquia (corrida de toros), donde el acto de picar tiene mucho que ver con la habilidad del alanceador de toros. Pero, su origen nos remonta a una corrida de toros realizada en la Plaza Mayor de Madrid durante el reinado de Felipe IV, celebrando el día de su onomástico. Sucede que uno de los más destacados picadores era don Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, que también era conocido por una relación amorosa con la reina. Ese día, el conde tuvo una actuación destacada, lo que hizo que la soberana exclamara: "¡Qué bien pica el conde!", a lo que el rey replicó, con toda ironía: "Sí, pica muy bien... pero pica muy alto", sugiriendo lo excesivo de las aspiraciones del noble súbdito. El conde, finalmente, murió asesinado a manos de un desconocido, instigado o pagado según dicen, por algún cortesano ofendido o, muy probablemente por el propio rey, no sin antes haber salvado a la reina de un incendio producido en el palacio de Aranjuez, aunque había quienes sostenían que fue el propio don Juan el que habría provocado el fuego, para poder "salvar" a la reina. Con el tiempo, la expresión pasó al uso popular para dar a entender que alguien pone su mira en objetivos muy por encima de sus posibilidades.

Poner las manos en el fuego: Para explicar la procedencia de este dicho, hay que remontarse a la época en que se practicaba el llamado "juicio de Dios" u "Ordalía" que era una institución jurídica por medio de la cual se dictaminaba la inocencia de una persona o cosa (podía ser un libro u otra obra de arte) acusada de haber cometido algún delito, pecado o falta y de cuyo resultado se podía deducir qué juicio merecía ella de Dios. Muchas veces, el juicio de Dios se practicaba para aclarar una desavenencia entre dos personas. Originariamente, era una costumbre pagana practicada por numerosos pueblos antiguos -en particular, por tribus germánicas-, pero con la llegada del cristianismo, la costumbre fue asimilada por la Iglesia. Estos juicios de Dios tenían muchas formas de ejecución, pero las que más se practicaban eran las que consistían en el combate y el fuego, forma ésta que consistía en tomar hierros candentes o poner en la mano (u otra parte del cuerpo) una hoguera o lumbre: si la persona salía indemne o con poco daño de la prueba, era considerada inocente. La frase, con el tiempo, comenzó a aplicarse, en sentido figurado, para manifestar respaldo total por alguien o algo, dando a entender que uno estaría dispuesto incluso a poner las manos en el fuego, para dar testimonio de la conducta de una persona.

Poner los puntos sobre las íes: Durante el transcurso del siglo XVI, fueron introducidos los caracteres góticos en la escritura común. Entonces, los copistas -importantísima profesión en esa época- adoptaron la práctica de poner un pequeño tilde sobre la i minúscula, para evitar que la presencia de dos de estas letras seguidas fuese confundida con una "u" (como si hoy tuviéramos que escribir a mano y en letra cursiva el término compuesto antiinflacionario). Por supuesto, esta innovación no fue bien recibida por todos los escribas y por algunas de las personas letradas, de manera que comenzaron a discrepar con la medida; tanto fue así, que para muchos, la acción de poner los puntos sobre las íes no pasaba de ser una prolijidad ociosa, propia de personas excesivamente meticulosas y maniáticas del esmero. Con el correr del tiempo, este concepto fue desplazado por el que tiene la frase en la actualidad, es decir, ejecutar todo muy detalladamente, sobre todo lo que normalmente se hacía de manera imprecisa, aunque entre nosotros suele aplicarse a la persona que siente la necesidad de aclarar determinada situación porque prefiere las cosas transparentes.

Poner pies en Polvorosa: A pesar de que no puede afirmarse con certeza, todo lleva a pensar que el origen de esta expresión alude a un hecho bélico histórico protagonizado por el rey de Asturias y León, don Alfonso III. Al parecer, este monarca estaba bastante preocupado por las incursiones de los moros en su territorio y un buen día resolvió poner punto final a las tropelías de los sarracenos, para lo cual, salió a cortarles el paso a orillas del río Orbigo, en una región conocida como los Campos Palestinos de Polvorosa. Luego de una compleja, cruenta y exitosa contraofensiva del monarca astur, el ejército islámico debió dispersarse en fuga desordenada, de donde la conocida expresión poner pies en Polvorosa comenzó a aplicarse con valor de huida brusca y precipitada. Otras versiones, un poco menos documentadas, remiten el origen de este dicho -en sentido figurado- a la polvareda que levanta alguien cuando huye; también aluden a que en el lenguaje de los delincuentes (germanía) se llama polvorosa a la calle. En la actualidad, aunque un poco menos difundida, esta expresión es utilizada en el mismo sentido.

Poner sobre los cuernos de la luna: En la Antigüedad, la locución poner sobre la luna significaba alabar, ensalzar a una persona en grado superlativo. Ya en tiempos del poeta latino Virgilio se usaba esta expresión como imagen laudatoria y los autores clásicos españoles la incorporaron con el valor que actualmente conserva. Con el tiempo, la expresión fue embellecida con el poético agregado de "los cuernos", que algunos autores creían inspirada en el texto de cierta lápida que se conserva en la universidad de Salamanca y en la que, bajo el símbolo de la media luna invertida, se recuerda la memoria del antipapa Benedicto XIII, don Pedro de Luna, insigne protector de esa universidad. Sea como fuere, el dicho popular poner sobre los cuernos de la luna conservó por mucho tiempo su primitivo significado de ensalzar, alabar desmedidamente a alguien.

Ponerse las botas: Hubo un tiempo en el que el calzado era signo distintivo de la clase social a la que pertenecía el individuo. Es más: entre los romanos y los bizantinos existían normas muy estrictas al respecto y de hecho, esas diferencias se mantuvieron vigentes por mucho tiempo. De manera que, mientras las botas eran de uso privativo de los caballeros ricos y poderosos, el zapato bajo estaba reservado al pueblo llano. De ahí nació la expresión ponerse las botas, utilizada para poner de manifiesto el progreso de quien, por virtud de un golpe de fortuna, accedía al uso de las botas. Por supuesto, ese progreso sólo podía verificarse en un integrante de la clase baja ya que los nobles siempre habían usado botas. En la actualidad, el dicho conserva el mismo sentido, aunque en los últimos años ha adquirido -metafóricamente- un relativo valor intencional, quizá debido a las personas que medran en base a hechos no del todo claros o lícitos, por eso, en la actualidad, la frase se aplica por lo general, cuando la persona que ha alcanzado el progreso es sospechada de ilicitudes.

 

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